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El crowdfunding avanza imparable

crowdfundingHace cuatro o cinco años, cuando empezamos a oír hablar del crowdfunding, no estaba nada claro qué era eso de conseguir fondos para un proyecto recurriendo a pequeñas cantidades aportadas por muchas personas desconocidas y ajenas al propio proyecto. Hoy, sin ser aún algo conocido por todo el mundo, es una corriente muy extendida y, sobre todo, imparable.

Las cifras hablan por sí solas: según un estudio elaborado por la Universidad de Cambridge y la Asociación Española de Crowdfunding, si en 2012 se captaron en España 10 millones de euros a través de financiación colectiva, en 2014 la cantidad se elevó a los 62 millones. 

A nivel europeo esta corriente creció un 144% el pasado año hasta alcanzar casi los 3.000 millones de euros y podría superar los 7.000 millones en 2015, según el primer estudio comparativo integral paneuropeo del crowdfunding elaborado por el Centro para Financiación Alternativa de la escuela de negocios Judge Business School en la Universidad de Cambridge y la consultora EY.

Legislación en España

El pasado mes de octubre la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ha otorgado la primera licencia a una plataforma de crowdfunding en España. Ha sido a La Bolsa Social, empresa especializada en equity crowdfunding, que es una de las formas que puede adoptar la financiación alternativa y que convierte en accionistas del proyecto financiado a todas aquellas personas que aportan dinero.

La Bolsa Social se ha puesto en marcha hace apenas un mes con el objetivo de convertirse en el mercado de referencia para inversores y empresas que busquen un impacto positivo en la sociedad y el medioambiente. El fundador, Jose Moncada, explica que en los últimos años se lleva produciendo un “cambio de mentalidad” debido a la crisis económica. “Se empieza a hablar ya de un consumo responsable, es decir, los consumidores estamos empezando a integrar criterios éticos en nuestras decisiones económicas”. Aunque Moncada, presidente también de la Red Española de Impacto Social (Redis), hace hincapié en que Bolsa Social “no es una ONG” ya que “busca inversión, no donación”.

Sus primeros proyectos son Wake App Health, una empresa que se dedica desde hace tres años a desarrollar aplicaciones relacionadas con el ámbito sanitario y cuyo objetivo actual es crear una incubadora de empresas dedicadas a desarrollar soluciones digitales de salud; Utopic_US, compañía organizadora de Zinc Shower, la feria de la economía creativa y colaborativa, y responsable de la gestión de espacios de coworking; y Nostoc Biotech, dedicada a la producción de biofertilizantes y protectores de cultivo con elementos biológicos. Las tres buscan una inversión de entre 200.000 y 300.000 euros y permanecerán en la plataforma durante un periodo aproximado de entre dos y tres meses.

Bolsa-SocialHasta este primer paso conseguido por La Bolsa Social, el crowdfunding en España estaba en una especie de limbo legal, ya que sin estar prohibido no era tampoco una actividad regulada por la ley. Por ello, en abril de este mismo año el Congreso de los Diputados aprobó la Ley de Fomento de la Financiación Empresarial, que regula la financiación participativa, y solicitó a la CNMV que ejerciera como órgano supervisor, una condición impuesta por el Senado.

Esta ley establece un nuevo marco jurídico, pionero en Europa, que regula la financiación participativa en sus modalidades de crowdinvesting (inversión en capital) y crowdlending (inversión en préstamos), y confiere seguridad jurídica a la inversión a través del crowdfunding, elevando los requisitos que deben cumplir las plataformas, que a partir de ahora deben contar con la autorización de la CNMV y estar sujetas a su supervisión.

Ejemplos buenos… y no tan buenos

El crowfunding ha permitido que se pongan en marcha muchos proyectos que de otra forma seguramente nunca habrían visto la luz. Algunos de ellos verdaderamente interesante, como el famoso Pebble, el primer smartwatch que llegó al mercado y que recaudó a través de Kickstarter, la principal plataforma de crowdfunding, casi 20,5 millones de dólares, superando amplísimamente su objetivo inicial de 500.000 dólares.

Otro buen ejemplo es el mítico videojuego Shenmue. Tras lanzar dos entregas para la desaparecida consola Dreamcast, Sega decidió cancelar el desarrollo de la tercera, y así ha permanecido durante más de una década hasta que el impulso permanente de los fans ha consiguió que se pusiera en marcha una campaña de financiación colectiva que en unas pocas horas consiguió dos millones de dólares, alcanzando los 6,3 millones al terminar la campaña.

Sin embargo, aunque hay muchas buenas muestras del uso del crowdfunding, también se han producido casos no tan positivos. Un ejemplo de esto es el juego de mesa basado en el universo de las historias creadas por H.P. Lovecraft. En 2013. Erik Chevalier, promotor de la campaña, recibió 120.000 dólares pero a los pocos meses abandonó la iniciativa, protagonizando uno de los fraudes más sonados en el mundo del crowdfunding. Afortunadamente, Chevalier fue condenado por la Comisión Federal de Comercio de EE.UU. a devolver a los precompradores el dinero aportado.

Otro ejemplo es el de Be Maker! Kit, una placa base pensada para sustituir a Arduino en el desarrollo informático. Consiguió fondos por valor de casi 250.000 dólares provenientes de más de 4.000 personas a través de Indiegogo, segunda plataforma de crowdfunding más importante a nivel global, pero el proyecto, lanzado en 2013, nunca llegó a ponerse en marcha. Los “inversores” aún hoy piden la devolución del dinero.

En otros casos, sin llegar al fraude, sí que se han producido de manera frecuente retrasos en la entrega del producto que se ha financiado, fallos en el envío o errores en la información a las personas que han puesto el dinero. Son sonados los casos protagonizados por dos modelos de impresoras 3D que estuvieron a punto de morir de éxito al recaudar mucho más de lo esperado y recibir, por tanto, una cantidad de pedidos que no podían asumir. Una de ellas es la iBox Nano, que si bien ha repartido 2.000 unidades, los usuarios se quejan amargamente en su página web tras no haberla recibido. La otra era la impresora Form 1 que consiguió tres millones de dólares aún cuando sólo necesitaba 100.000 para arrancar. Tras la alta demanda, se produjeron retrasos de más de un año en los envíos, provocando miles de reclamaciones de las personas que habían aportado el dinero a cambio de una impresora.

Las plataformas de financiación se han ido actualizando para evitar precisamente este tipo de problemas. En Kickstarter, por ejemplo, garantizan a los usuarios la devolución íntegra del dinero en caso de no cumplirse los plazos de entrega o si no se consigue el desarrollo total del proyecto. También la ley aprobada en España, pionera a nivel europeo, por cierto, contempla medidas para este tipo de inconvenientes.

Sin embargo, son muchas las lagunas que aún quedan en torno al crowdfunding. Está claro que un movimiento imparable que está permitiendo que lleguen a la sociedad proyectos muy importantes pero, como sucede con otras revoluciones como el Fintech, los gobiernos suelen moverse muy despacio y otras instituciones más tradicionales, como los bancos, contemplan con inquietud y menosprecio unas iniciativas que entran de lleno en el que ha sido hasta ahora su negocio en exclusiva. Esto provoca que no haya un interés verdadero en impulsar estos modelos paralelos y que, incluso, se generen corrientes de desprestigio para intentar frenarlos.

En cualquier caso, las cosas están cambiando, motivadas sobre todo por la propia sociedad, que ve en movimientos como el crowdfunding una verdadera alternativa para hacer las cosas de otra forma.

De pequeño me confundieron con un niño prodigio, pero una vez subsanado el error, me dedico al Periodismo, que es mejor que trabajar. Especializado en tecnología, finanzas y comunicación corporativa.
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